Una piedra de más de 10 kilos, utilizada durante décadas para mantener abierta una puerta, resultó ser un valioso meteorito en Michigan, Estados Unidos. El objeto permaneció en una granja local sin que sus dueños le dieran mayor importancia científica hasta el año 2018.
Según los relatos transmitidos por sus antiguos propietarios, la pesada roca impactó la tierra en la década de 1930 cerca de la pequeña localidad de Edmore. La caída generó un estruendo considerable y formó un cráter en el terreno. Al ser desenterrada a la mañana siguiente por el entonces dueño y su padre, la pieza espacial aún se encontraba caliente.
Aunque algunas fuentes posteriores fechan la caída específicamente en 1939, este dato pertenece a la tradición oral familiar y no parte de una observación científica registrada en la época.
De roca espacial a utensilio doméstico
Lejos de ser resguardada para estudios geológicos, el objeto se integró a las tareas rurales y fue empleado como tope para la puerta de un cobertizo.
En 1988, al concretarse la venta de la propiedad, el antiguo dueño relató la historia de la piedra al nuevo comprador, aclarando que el meteorito formaba parte de la finca y, por ende, de la transacción. El nuevo propietario mantuvo la pieza durante unos 30 años, utilizándola con el mismo propósito doméstico e, incluso, permitiendo que sus hijos la llevaran a la escuela para exhibirla ante sus compañeros.
El evento astronómico que cambió su destino
La situación de la roca dio un giro en enero de 2018. En esa fecha, la explosión de un espectacular meteoro sobre Michigan provocó un destello visible hasta Canadá y generó vibraciones similares a las de un evento sísmico.
Este fenómeno desató una intensa cacería comercial en la región. Investigadores y buscadores profesionales rastrearon la zona, llegando a ofrecerse recompensas de hasta 20.000 dólares por fragmentos de gran tamaño.
Ante el auge de los cazadores de meteoritos, el dueño de la granja de Edmore decidió evaluar la piedra que utilizaba a diario. La pieza fue trasladada a la Central Michigan University, donde la geóloga Mona Sirbescu se encargó de los análisis correspondientes. Tras 18 años recibiendo rocas comunes de personas que creían tener fragmentos extraterrestres, la científica finalmente se encontró ante un meteorito auténtico.
